Y me encuentro como aquel domingo.
Aquel domingo en el que se respondió a una de mis cientos de preguntas.
Los lunares ahora eran verrugas. Aquel pelo ya no brillaba con tanta fuerza, o simplemente no brillaba. Se cambiaron las palabras por los silencios eternos. La vergüenza sentimental pasó a ser vergüenza ajena. Aquellas promesas quedaron incumplidas. Ya no se le podían pedir peras a los olmos como antes...
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