Tanto tiempo queriendo escribir, tanto tiempo con tantas y tantas cosas que decir, tanto tiempo callado, y decido escribir hoy, hoy que nada es especial. Yo también pienso que las mejores cosas pasan cuando menos lo esperamos.
Ya no somos dos extraños. El tiempo, que es el mejor maestro, nos ha enseñado como somos realmente, como somos por dentro, y como somos por fuera, aunque eso ya lo sabíamos de sobra, nos pasábamos mucho tiempo mirando nuestra fotografías cuando no estábamos juntos, y cuando lo estábamos, no paramos de mirarnos continuamente, con sutileza, siempre con mucha sutileza, y con mucho sentimiento. Éramos capaces de adivinar a la perfección lo que queríamos decir con la mirada. Incluso aunque no estuvieras mirándome, dentro de ti sabías que yo lo estaba haciendo.
Cuando nuestras miradas se cruzaban, pasaba algo emocionante, era casi imposible aguantar más de un segundo la mirada, pero solo con un segundo era suficiente para hacernos sudar y temblar.
Ahora, es algo diferente, somos capaces de mirarnos de frente, mirarnos desde otra perspectiva, con más conocimiento y siendo maestros del engaño, haciendo creer que nada pasa dentro de nosotros, que todo es normal, pero ambos somos conscientes de que no es así, de que el fuego sigue brillando y ardiendo, y brillará por muchas cosas que nos pasen y por muchas adversidades que se nos presenten.
Tampoco quiero pensar en la utopía del mundo fantástico de color de rosa, como la manta que ahora abrigan mis pies. Siempre he intentado que la razón sea el motor que mueva mi cuerpo, y desde la realidad tenemos que saber que esto puede acabar, del mismo modo que puede continuar. Utilizaremos lo que hemos aprendido el uno del otro por caminos separados o por el mismo camino, pero lo único que nos tiene que servir es lo aprendido, lo disfrutado, y lo vivido. Eso ya no nos lo puede quitar nadie...