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miércoles, 29 de febrero de 2012

Ya no nos quedan miradas.



Cualquier cosa que te sucedía, veías, olías o sentías era una excelente excusa para llamarme o escribirme. A mí me encantaba que hicieras eso, pero tú a veces te enfadabas porque no podía cogerte el móvil.
Sabíamos el uno del otro todos los días, aunque he de reconocer que había veces en las que hacía por no verte durante algún día intentando hacer nuestro futuro encuentro algo mágico. ¡Odiabas no verme!
Te gustaba abrazarme, besuquearme y cogerme de la mano delante de todos, yo ya no sabía si lo hacías sólo porque yo te dije que me daba vergüenza.
Solíamos encendernos el uno al otro, ya que eso hacía la reconciliación más especial. Pero ese no era mi estilo, yo no sabía jugar a aquello, yo no podía olvidar tan fácilmente. Hubieron tantas reconciliaciones que por un momento ya no sabía si estábamos enfadados o alegres. Ya no nos sentábamos juntos al comer. Ya no hacías nada por mi, ni yo por ti.
El tiempo nos fue dejando ráfagas, destellos, caricias en el viento y muchos mensajes ocultos, mensajes que no supimos descifrar ni tu ni yo cuando alguno de los dos los enviaba.
Estar bien atentos y lanzar ondas en la misma frecuencia sería una bonita solución...

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