Quizás, en algún momento, uno fue más rápido que el otro, sin esperarlo para que pudieran continuar juntos y dejándose atrás el uno al otro, pero a veces se extendían la mano y se agarraban con fuerza prometiéndose no soltarse jamás.
-Prometí que no me pasaría, no he venido aquí para esto, tengo que seguir mi camino...
Aparecíeron cielos nublados, y algún grado centígrado bajo cero, nuestras manos ya no encajaban como lo hacen un candado y su llave. Ya no era lo mismo que antes. Arrojamos la toalla.
Pero al final del túnel siempre hay luz, más oscura o más nítida, pero luz. El tiempo curó las grietas que hizo el frío invierno, de nuevo sonaban los latidos del corazón de la otra persona en nuestros oídos.
-No puede ser, no debemos hacer esto, no es nuestro destino, no estamos destinado a esto, tú princesa, yo obrero, tú del este, yo del sur, tú tan silenciosa, yo tan alborotador, tú tan desordenada, yo tan cuadriculado, te daba pánico la gente que no conocías, yo tan amable con todos, tú tan precavida, yo tan lanzado, tú tan reservada y tímida, yo tan... Ambos supimos en aquel instante que no podía ser, y que debíamos serles fiel a nuestra promesa. Nuestros caminos se habían cruzado por equivocación. Quizás solo fue otra etapa en nuestra vida que estaba ahí para que aprendiéramos de ella, simplemente.
Prometimos que no nos pasaría, pero acabó pasándonos.

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